domingo, 5 de febrero de 2017

Pluralidades y conflictos en los bordes de lo diverso

No es nada fácil reunir en una exposición de artes visuales a 19 artistas que manifiestan diferentes motivaciones, diversos campos creativos y multiplicidad de intereses y propósitos. Tal despliegue quiebra imperiosamente cualquier pretensión de establecer un sistema encajado de relaciones, nos reta y pudiera lanzarnos a formatos totalmente abiertos tipo salón o feria de arte.
Sin embargo, atrae mucho la idea de plantear justo lo contrario a lo que se espera encontrar, lo que va en divergencia con sistemas de pensamiento extendidos y que terminan convirtiéndose en fórmulas redundantes. Estereotipos que ya no deberían presentarse en el campo del arte, al manejar este conceptos esenciales como particularidad, creatividad y novedad, aunque también revaluados en el pasado vanguardista y con distintos y a veces impugnantes significados en la declinante y difusa Posmodernidad.
Este grupo de artistas arriban a un encuentro inexcusable al pertenecer al grupo A del Programa de Profesionalización en Artes Plásticas de la Universidad del Atlántico en concertación con el Ministerio de Cultura y sus propuestas surgen del proceso de investigación artística ocurrido durante los últimos seis meses.
Así las cosas, más que confluencias y concomitancias –lo que tratamos de encontrar comúnmente en las exposiciones– en esta muestra lo que podemos percibir son desacuerdos, conflictos y una diversidad de criterios artísticos y posturas estéticas, muchas de ellas en pugna. Más que encuentros son desencuentros que coexisten en el estímulo del roce, la mirada urticante y la desavenencia permanente. Cada cual manifiesta sus vivencias y experiencias y procura levantar el edificio –o limpiar el campo de malezas– de un discurso artístico que debe desembocar en unos hitos comunicacionales que permitan la construcción de un sentido en el espectador.

En medio de la espesura de la selva se logra vislumbrar, sin embargo, unas prácticas artísticas con aspectos colindantes como la indagación por la corporalidad, así sea desde distintos alcores ideológicos y vivenciales. El cuerpo como lugar de experiencia erótica o reflexión sobre el paso del tiempo, como reencuentro y choque performático con modelos ancestrales o como lugar de padecimiento-redención. La reflexión filosófica sobre la existencia y constitución del ser o sobre la conciencia moral de la persona en estos tiempos. También está presente el acercamiento con el tema medioambiental ligado a la dilapidación y destrucción de los recursos naturales o las prácticas atávicas sobre la captura, el sacrificio y consumo animal. Las situaciones socio-políticas de agudos contrastes de ostentación y miseria o las necesidades insatisfechas de las comunidades populares especialmente en la infancia. Sin faltar la crítica a la desvaloración del papel de la mujer en la sociedad, ya por exaltación de sus labores, revisión histórica o la violencia de que es víctima.
Con su instalación Nidos Invadidos el artista Ángel Almendrales reflexiona sobre las acciones destructivas de las compañías de minería ilegal (y legal también) que con el disfraz del progreso buscan el avaro lucro individual finiquitando el equilibrio ecosistémico de la Sierra Nevada de Santa Marta. Los elementos de la obra son dicientes: una retroexcavadora asciende triunfante sobre un tronco del árbol caído. Lo que a primera vista podría verse como poesía visual con la diminuta presencia del juguete, en la perspectiva simbólica de la obra se transforma en una visión terrorífica de la realidad de la explotación violenta de los recursos naturales.
El cuerpo como unidad multidimensionada es lo que explora Rafael Barón con su obra Quo vadis, pero no enfocado al cuerpo del otro, sino a su propio cuerpo. Trabajando con el autorretrato y con algunos elementos simbólicos representativos de vivencias y entorno, el artista examina su existencia y circunstancias que lo proyectan a una liberación personal o sujetan a un contexto determinista de hechos incontestables, como el cuerpo de práctica errante que anhela o llega a aceptar el final del camino o como en esas situaciones paradojales del cuerpo objeto de martirio o padecimiento, pero también como sujeto de redención.
Siempre ha sido motivo de reflexión los lazos que nos atan a la naturaleza y a la inmensidad del cosmos. Algunas veces nos olvidamos que estamos constituidos de la misma materia y energía que se anidan en los pluriversos y nos creemos separados de ellas. Enfatizando en el concepto formal de linealidad, la obra Dualidad de Giselle Borrás pretende llamarnos la atención sobre estos tópicos a los que no les damos la altura filosófica que merecen por andar inmersos en el recurrente pensamiento de la rutina citadina. Somos uno y también el otro, nos enfatiza Borrás. Contra el arraigado egocentrismo que promueve la sociedad capitalista actual no podemos perder la conciencia del equilibrio integrador del ser con la totalidad de lo existente. 
En el mundo actual se activan otras percepciones y otras conmociones que entran a conformar el caleidoscopio que dinamiza la cultura. Las artistas Shirley Cabanas y Norellys Jiménez con su obra Dolor de la comida exploran y estudian el sacrificio del chivo que es una práctica habitual de la etnia Wayuu de La Guajira. El ovejo, la cabra y el chivo han constituido elementos centrales de la economía de este pueblo guajiro a través de su historia. Pero, con otra sensibilidad cultivada y otra mirada sobre la naturaleza y los animales las artistas cuestionan este rito y muestran la curva de dolor y sacrificio en torno a las prácticas ancestrales de los Wayuu, que también se producen generalizadas en nuestra sociedad, con otros métodos más “civilizados”.
Ligado a evocaciones de una infancia bucólica y apacible en compañía paterna, Juan Francisco Cantillo crea una obra minimalista titulada Resistencia, que nos remite a la faena cotidiana –aunque no desprovista de gran significación– de muchos pescadores del río Magdalena. La varilla que se curva soporta la tensión de las fuerzas y el animal ya figurado en las sólidas piedras de río expresa su brío y fortaleza, pero con la inutilidad del gesto ante la implacable guaya que jalona el anzuelo. La obra se resuelve por el equilibrio de fuerzas y resistencias con la lúcida utilización de los nobles materiales que aportan la virtud del metal y la roca.
En el vídeo Extramuros-Epílogo, el artista Fernando Castillejo propicia el encuentro y tensión de dos tipos de cuerpos de distinta conceptuación: los de su serie erotizada de cuerpos que propician el encuentro amoroso con el cuerpo social de los barrios marginales de Barranquilla. La imagen recorre pausadamente la textura de la piel y las formas colmadas de deseo y se va diluyendo y a la vez reconfigurando en múltiples escenas ­–al desnudo­­– del transcurrir de la cotidianidad en los barrios marginales del sur y norte de la ciudad, que destapan la precariedad, el abandono y el caos de la vida extramural, justo de donde provienen aquellos cuerpos ansiosos. 
Mediante cinco videos Cotidianidad, Tradición, Alegría, Arte y Postmodernidad el artista Giuliano Cavalli reflexiona sobre su búsqueda y relación con las prácticas chamánicas que ha mantenido durante muchos años de vida. En esta obra titulada Chamanes Urbanos 3.0, un personaje –el mismo artista– vestido a la manera de un chamán recorre varios lugares reveladores de Barranquilla, Bogotá y Nueva York, en evidente intervención y cuestionamiento a conceptos y modelos de vida urbanos que no por ser tan apreciados y extendidos se convierten en lo más adecuados para mantener una comunión integral y armónica con las fuerzas de la naturaleza, guardando el perfecto equilibrio y sin dejar marcas eternas en nuestra morada planetaria.  
La instalación Cartografía de un desarraigo II del artista Ricardo García Barragán es una potente metáfora de las situaciones de desarraigo y desplazamiento que han vivido más de seis millones de colombianos en una guerra que parece llega a su fin. Varios zapatos verdes suturados e inutilizados con su propio cordón, son ubicados en la misma dirección y contrastan con el zapato rojo –este de madera– número 33 que destila un hilo que al llegar al suelo conforma una cartografía que ya conocemos de nuestra realidad o que quizá apenas empezamos a conocer, como las verdaderas causas que han generado la violencia y no las que nos han vendido las declaraciones de los poderosos.
¿Cómo el tiempo llega a desencadenar un gran poder transformador de la vida? Parece que fuera la pregunta que deseara instalar la artista Ana María González en la mente del espectador con su obra Reloj de arena. Pero no en referencia a ese tiempo habitual de lo cotidiano, sino a un tiempo inasible per se, pero que se manifiesta en el acontecer de las cosas, en la evolución ineluctable de la materia o en los cambios paulatinos del cuerpo con su suerte insalvable de deterioro, pero también de acervo de conocimientos y riqueza intelectual que se traduce en pensamientos sobre la conciencia del tiempo y el verdadero sentido del vivir.
En su obra El silencio de la mujer Wayuu Ingrid Guillot cavila sobre el transcurrir de la existencia de la mujer trabajadora de esta reconocida etnia que habita mayoritariamente en la península de La Guajira. Con una profusión de signos y símbolos, entre los que se destacan las coloridas y populares borlas, la artista presenta varios módulos circulares donde repasa con variaciones formales, cromáticas y de texturas escenas de las labores que realiza la mujer Wayuu, pretendiendo manifestar la gran categoría y el profundo sentido que el trabajo representa para las mujeres de esta población guajira.
Diego Holguín también apela al cuerpo para comunicar su pensamiento sobre la conexión y parvedad de los conocimientos y prácticas ancestrales con los modos de la vida contemporánea. En su obra Cosmogonía presenta el cuerpo palpitante y desnudo de una mujer que ha pintado con una versatilidad de signos y símbolos de las culturas colombianas originarias, especialmente de la Tairona. Estrellas de cuatro puntas, la rana, el triángulo, la serpiente y otros cubren la piel de la nativa que en la expresión performática equilibra su cuerpo y despliega minuciosos y lentos movimientos que permiten la lectura de las formas y la apropiación de los significados.
A Jair Alfonso Maya le preocupan sobre todo los aspectos esenciales de la condición humana y lo que va atado al corazón de las personas: su sensibilidad, conocimiento y conciencia moral. Por ello, en su obra Introspección de cristal el artista establece sucesivas capas transparentes en la que se muestran elementos alusivos al estado de humanidad: rostro, radiografías de órganos internos, elementos de propulsión, luces y otros, que ensamblados en tres cajas se presentan superpuestos y enlazando posibles significados sobre la interiorización como posibilidad para alcanzar mejores niveles de realización personal. 
La recreación y manipulación de imágenes que viajan por la esfera pública, unidas a otras que hacen parte del horizonte cultural de Valledupar es el trabajo que se toma el artista José Aníbal Moya para plantear lo que él llama la estética del deseo. En su obra Mapas de Cielos, Mapas de la Tierra podemos percibir la puesta en relación de iconografías como el desnudo femenino, las estrellas, la fruta tropical y otras que hacen emerger elementos de trascendencia que van ligados a remembranzas y deseos, y que como mapas establecen una cartografía de las añoranzas y ensoñaciones en que se ve envuelto el artista.
Recreando patrones geométricos deudores de la vanguardia, Jesús Orellano se sensibiliza sobre la problemática de la violencia contra la mujer, tan extendida en el Caribe colombiano y resto del país. En su obra titulada Feminicidio el artista combina el relieve de madera con la mancha pictórica para establecer unos particulares planos y ángulos formales que no sucumben a la abstracción de las formas, pretendiendo inducir al espectador a pensar en la dominación, el sojuzgamiento y la violencia contra las mujeres como expresión sociocultural que todavía pervive en medio del atraso educativo y cultural de nuestra sociedad.
La obra Relatos de Infancia del artista Jorge Luis Pacheco parte de una investigación etnográfica de fotografías antiguas de las costumbres del municipio de Suan, al sur del Departamento del Atlántico. Analizando las imágenes tomadas por extranjeros de los Cuerpos de Paz que pulularon por estas tierras en los años 60, el artista se da a la tarea de encontrar y reunir –después de varias décadas– a los personajes que aparecen en las fotos, especialmente a niñas trabajadoras en la venta de productos tradicionales del pueblo como los bollos de yuca, maíz, plátano y otros productos agrícolas. Bajo el filtro rojo que alerta, observamos la evolución y encuentro en el tiempo de los personajes y los relatos ricos de anécdotas que conforman la historia.
Dos hombres y una mujer seleccionados por Jorge Luis Serrano tienen en común su condición de transexualidad y el artista los muestra en situaciones que descubren las prácticas alternativas de su elección y que son poco conocidas por el común de la gente. La obra Trans* se compone de 5 fotografías de tamaño natural de tres personajes de la comunidad LGBTI de Valledupar, que en su investigación el artista escoge para problematizar la situación de discriminación y exclusión social a que se ven sometidas las personas que han optado por tipos de identificación sexual y género distintas a las tradicionales de hombre y mujer.
Haroldo Varela siempre ha trabajado con la imagen fotográfica pura, la que capta el lente y se fija integra en el papel, pero esta vez apela a la contaminación o mezcla de medios para estructurar una imagen que comunique mejor el drama de contradicción económica y social de muchas comunidades de la costa Caribe colombiana. Bajo el título $200 para el dolor de cabeza el artista contrasta elementos de pobreza y riqueza en la composición de la obra, como metáfora de lo que se aprecia realmente en muchos lugares turísticos donde de manera casi insultante la fastuosidad cohabita con la miseria y el abandono social.
La obra El Porvenir en Soledad de Freddy Velilla se compone de una serie de fotografías donde el artista pone en relación personajes de las tiras cómicas con niños pobres del barrio Porvenir del municipio de Soledad, Atlántico, posibilitando un encuentro intertextual inusitado que rompe la lógica de la imagen convencional, pero que activa varios elementos de significación y nos invita a relacionar y reflexionar sobre el presente y futuro de estos niños sumidos en la miseria y desprovistos de las condiciones dignas y naturales que debe tener la infancia en cualquier sociedad con mínimos niveles de civilización.

Exposición realizada en la Galería La Escuela, en el Viejo Prado en Barranquilla, del 19 de enero al 4 de febrero de 2017.

domingo, 1 de mayo de 2016

Doris Salcedo: Arte enlazado con el duelo

Doris Salcedo, nacida en Bogotá en 1958, es hoy por hoy la artista más destacada en el panorama nacional de las artes visuales y una de las artistas más importantes en la escena contemporánea internacional. Sus obras han sido expuestas en el Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York, en la Tate Modern de Londres, en el Centro Pompidou de París, en el Art Institute de Chicago y en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía en Madrid, entre otros. Y fue la primera colombiana invitada a una Documenta (2002), el evento más importante de las artes visuales en el mundo.

Mayoritariamente, la obra de Salcedo gira en torno al grave problema de la violencia en Colombia y a su devastadora incidencia sobre la paz y la convivencia de los colombianos. La artista viaja a las zonas más deprimidas del país y habla con las familias de los asesinados para incorporar sus testimonios a las esculturas e instalaciones que construye, porque "el artista no es una persona creativa", sino alguien que "conecta pensamientos, historias y materiales".  Utiliza a menudo muebles en sus esculturas, eliminando su naturaleza familiar y dándoles un aire de malestar y horror.
En la colección del Banco de la República reposa una de sus primeras obras: Sin Título (Imágenes de duelo) de 1988-90, una instalación icónica conformada por 4 pilas de camisas blancas delicadamente dobladas, almidonadas con yeso e insertadas en varillas metálicas que se alzan a diferentes alturas. Esta instalación nos pone a pensar sobre la memoria de las víctimas anónimas del conflicto armado de Colombia y “recuerda el silencio y la poética de las acciones implícitas en su elaboración: doblar, apilar, ordenar, ensartar, entre otras. Rememora un rito privado, el duelo que lleva a constantes meditaciones sobre el ausente, a pensar lo que ha sido de él; una lucha interna por aceptar la perdida del otro en un manejo del tiempo que generalmente se torna extraño”.

Otra de sus creaciones tempranas, Atrabiliarios, 1996, es una instalación mural compuesta de zapatos de mujer metidos en nichos y cubiertos por una película translúcida hecha con vejiga de vaca.
Pero la obra que empezó a convertirla en la artista colombiana más notable consistió en 280 sillas que se descolgaron paulatinamente en la fachada del Palacio de Justicia de Bogotá en el año 2002. Se trataba de simbolizar la masacre ocurrida allí cuando el grupo insurgente M19 se tomó y se hizo fuerte en el edificio y el ejército provocó más de 100 muertes entre magistrados, funcionarios, visitantes y guerrilleros durante el ataque para recuperar su control, en lo que se ha hecho célebre como la retoma del Palacio de Justicia.

La primera silla empezó a deslizarse a las 11.35 de la mañana porque a esa hora mataron a la primera persona. Después siguieron las 279 restantes con una sincronización muy significativa, porque el tiempo fue el elemento esencial en la obra que duró sólo 53 horas: el mismo tiempo que duró la toma. A partir de entonces, Doris Salcedo dejó de ser una artista convencional, porque “aquella obra abrió la puerta a otros elementos, como el tiempo, el espacio público y la memoria".

Salcedo alcanzó niveles de popularidad mundial gracias a su obra Shibboleth, la famosa ‘hendidura’ de 167 metros que creó en 2007 para la Sala de Turbinas de la Tate Modern de Londres. Doris salcedo fue la 8ª artista del mundo y la primera de Latinoamérica en ser invitada a exponer su obra en esta exclusiva sala. La dramática grieta que rasgaba el suelo del museo londinense simbolizaba la división en clases y el racismo que existe en el mundo, “la separación que existe entre la humanidad y la falta de humanidad”, puntualizó la artista.  
En el 2012 expuso en el Museo Nacional de Artes del siglo XXI en Roma su gran instalación Plegaria Muda, que se componía de más de cien pares de mesas de madera, una volteada sobre la otra y separadas por una gruesa capa de tierra, de la cual surgían pequeñas briznas de hierba creciendo a través de las rendijas entre los tablones de madera de la mesa superior. Plegaria Muda responde a los actos de violencia con una quietud contemplativa, que no cuenta historias sobre las víctimas individuales, sino en el silencio da voz a un trauma colectivo que ha causado heridas infectadas a lo largo de un tejido social.

Esta instalación nos invita a reflexionar sobre las zonas grises que siempre aparecen en los márgenes oscuros de nuestras sociedades, las zonas en las que los roles de agresor y la víctima tienden a fusionarse y que una vida humana más fácilmente puede ser degradada a la nada. Se deriva de una investigación de tres años de duración en los guetos del sureste de Los Ángeles, pero también es una respuesta directa a las atrocidades cometidas por las fuerzas militares colombianas entre los años 2003 y 2009.
En el 2014 se ganó el afamado Premio de Arte de Hiroshima por su obra  A flor de piel,  una especie de inmenso tapete rojo oscuro hecho de miles de pétalos de rosa cosidos unos a otros que formaban un sudario suave y ondulado. La texturada “piel” instalada en el Museo de Arte Contemporáneo de la Ciudad de Hiroshima, Japón, no estaba cubriendo un objeto o una escultura, no había nada debajo de ella. Era eso, solamente una piel que nos hace pensar y sentir la vulnerabilidad de la vida humana.

A raíz de este premio la teórica cultural neerlandesa Mieke Bal expresó: “Doris Salcedo trabaja para que no se olvide el horror, y para que tampoco se abandone la esperanza. ¿Qué mejor artista le podrían elegir para el Premio de Arte de Hiroshima? No solo por la belleza consoladora de sus obras, sino por su más profunda empatía con los muchísimos sobrevivientes de las acciones de violencia que se cometen cada día en el mundo, y por la manera en que consigue proponer e imponer la importancia social y política del arte”

Doris Salcedo es conocida por el énfasis en el cuidado por el detalle y el rigor estético en cada una de sus piezas, para poder reflejar de la manera más directa la memoria de lo que pasa a las víctimas de la injusticia. “La fragilidad de la vida debe quedar reflejada con una obra técnicamente perfecta", según sus propias palabras.  Esa vulnerabilidad se hace patente en los materiales que utiliza para componer sus obras, procedentes de víctimas reales en muchos de los casos, y en lo efímero de esas creaciones, que evocan una Latinoamérica cuya historia se edificó con base en los despojos del pillaje colonizador, en "ruinas, no en obeliscos ni arcos de triunfos".