martes, 15 de marzo de 2011

Thomas Hirschhorn: El compromiso y la implicación personal

En la  The Power Plant Contemporary Art Gallery de Toronto se inauguró el pasado viernes una de las más grandes y envolventes instalaciones de Thomas Hirschhorn (Berna, 1957) titulada Das Auge (El ojo). Seleccionado para representar a su Suiza natal en la Bienal de Venecia 2011, Hirschhorn es conocido por sus obras de arte en expansión que utilizan materiales de uso cotidiano, imágenes encontradas en los medios de comunicación, mapas y apasionados textos de graffiti, para atraer al público a pensar en forma activa en la política y la filosofía. Hirschhorn siempre ha estado interesado en la estética política - consignas, pancartas, fotos provocadoras- y en mover a la gente a pensar y actuar críticamente sobre el mundo.
Extendiéndose más allá del espacio de la galería, hasta un altillo construido especialmente, la ambiciosa Das Auge (El ojo) se basa en la imagen de un ojo que sólo ve el color rojo. Improvisado con cientos de diferentes elementos escultóricos, imágenes y textos, toda la puesta en escena está dominada por la yuxtaposición de rojo y blanco: las banderas de Canadá, Suiza y otros países; las venas en un ojo, sangre en la nieve. El artista ha escrito: "Das Auge no ve todo - pero ve todo lo que es de color rojo. Das Auge sólo ve el color rojo. Por lo tanto, sólo puede mostrar el rojo, que sólo puede nombrar a rojo, y sólo puede "ser" rojo”. Potente y contundente.
Thomas Hirschhorn reside en París. Entre 1978 y 1983 se forma como artista en la Schule für Gestaltung de Zurich. Su obra está concebida en función del espacio al que esté destinada: el museo, en el caso de sus esculturas; o la calle, en el de sus “altares”, “quioscos” y “monumentos”. Las referencias a la moda, el arte, la política y la filosofía, se entrelazan en su trabajo de manera paradójica. El compromiso y la implicación personal son medulares para Hirschhorn, que los lleva al terreno artístico a través de homenajes a sus artistas y escritores favoritos del siglo XX, como los "altares" que coloca en lugares públicos y poco frecuentados, homenajes efímeros que dedica a Spinoza (Ámsterdam, 1999), Deleuze (Avignon, 2000) o Bataille (Kassel, 2002).
Es muy conocido el proyecto Musée Précaire Albinet, que entre mayo y junio de 2004 Hirschhorn dio vida en unos bloques de viviendas de Auversvilliers, en las afueras de París, donde él mismo vive y trabaja. Bajo su dirección, un grupo de vecinos construyó una estructura de espacios multivalentes en los que se presentó la obra de ocho artistas clave del siglo XX: Duchamp, Malevitch, Mondrian, Le Corbusier, Léger, Dalí, Warhol y Beuys. Durante ocho semanas, cada una de las cuales se dedica a uno de los artistas, los vecinos y personas de otros lugares conviven en torno a la idea comunitaria de arte, en medio de conferencias, talleres de escritura, debates, juegos y fiestas.
El museo es "precario", sin climatización, sin vigilancia, sin departamento pedagógico; y "efímero", solo dura ocho semanas. Pero estas insolvencias se convierten en un activo con la idea de que un museo puede no conservar, ni archivar, ni siquiera "dinamizar culturalmente" al barrio, sino que existe sólo como empresa colectiva subvencionada por la institución arte. No muestra arte. Ni siquiera está dedicado específicamente al arte, sino que quiere cimentar la capacidad de gestión de los vecinos. El arte sólo es un apetitoso cebo, aunque con una diferencia sustancial respecto a las prácticas de "caza cultural" que quieren poner el arte "al alcance del público": no se trata de cazar al espectador, sino desearle una buena digestión del pedazo de queso. Una seducción, casi una trampa, pero sin engaño.

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