viernes, 26 de febrero de 2010

El urbanita

Texto curatorial de la exposición ATOPÍA


Agotadas las tentativas posmodernas, fracasado el intento de prolongar el dogmatismo de las vanguardias a través de la estéril sustitución del arte por los procesos ideológicos, en la primera década del siglo XXI, el arte, en cierto modo, ha vuelto a sí mismo. Han vuelto las ideas estéticas, ha vuelto la emoción, y lo han hecho por la vía de una experiencia: el malestar urbano. Un malestar persistente, aparentemente epidérmico, pero portador de un desasosiego sostenido. El sujeto artista y el sujeto urbano se han encontrado en un punto: el urbanita. El habitante que ya ha hecho de la ciudad su paisaje, que sufre la presión urbana pero, al mismo tiempo, celebra sus apoteosis, que vive en sí mismo, en su rostro, en su vestido, en su cuerpo, la tensión del cambio permanente, es el protagonista. Se podría decir que este urbanita es el individuo del postindividualismo, del momento en que el sujeto empieza a autonomizarse de las exigencias del individualismo ideológico. Es un momento de dudas, de soledades, de miedos, que perturban la construcción de un nuevo tipo de tramas y redes sociales que serán, quizás, el factor socializador que marque la próxima década. Un sistema de relaciones comunitarias sin comunitarismo, si puede decirse así.

Si el siglo XX ha sido el de los crímenes de lógica, de los genocidios, de la liquidación sistemática de pueblos y comunidades, el siglo XXI se está configurando como el siglo de las violencias intermitentes, de las guerras de entrar y salir o de entrar y no saber cómo salir. El ataque terrorista a los Estados Unidos, el 11 de septiembre de 2001, marca en cierto modo el inicio del siglo, de la misma manera que el cierre y asfixia de Gaza –con los habitantes emparedados entre el ejército israelí y Hamas– es el recuerdo constante de los conflictos heredados del siglo anterior, que han configurado hasta tal punto la manera de ser de unas ciudades, que la fractura se ha hecho irreversiblemente muro. El terrorista suicida, al optar por morir él con sus víctimas, rompe el último protocolo de comunicación entre humanos: la creencia de que hay siempre un mínimo elemento común, la voluntad de sobrevivir. El militarismo teatral que los Estados utilizan como respuesta ayuda a los terroristas a consolidar el principal objetivo del terror: el miedo. Y el miedo quiere decir la disolución de la sensibilidad democrática: cualquier recorte de las libertades está justificado por el miedo. Dicho de otro modo: el clima de miedo, generado por la estrategia y la contraestrategia del terror, se traduce en el incremento sin remedio de la sumisión y la indiferencia en las sociedades más avanzadas. Un estado de espíritu que contrasta con la aceleración tecnológica, que sitúa al hombre corriendo desaforadamente al ritmo de las nuevas prótesis, sin saber si podrá salvar en esta carrera su propia condición humana.

De la ciudad del miedo, de las masas, de los individuos, del paisaje urbano, en que actores y decorados parecen estar a la búsqueda de un cierto reencuentro, habla el arte de esta década. Y a través del arte descubrimos algo que la fragmentación posmoderna parecía negar: el pathos universal compartido. La constatación de que hay manifestaciones del malestar que se dan de maneras muy parecidas en las más diversas ciudades del planeta. Como una especie de hilo común que permite recuperar la idea de experiencia estética colectiva. Y sentar las bases de una cultura compartida en las ciudades que tratan de tejer su convivencia a partir de la experiencia de la heterogeneidad.

Arte y ciudad se encuentran, en la primera mitad del siglo XXI, para que el habitante pueda reconocerse a sí mismo en el marco que es su paisaje habitual. Un paisaje construido palmo a palmo por mano humana. ¿Cuál es la promesa? Ninguna. Simplemente, la constatación y la estilización de la experiencia del malestar atópico es una interpelación a nosotros mismos. A salir de la habitación sin vistas en la que a menudo parece que estemos atrapados y mirar, sin miedo, al futuro.

Josep Ramoneda
Director del CCCB

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