viernes, 2 de abril de 2010

Dibujos exploratorios de la intimidad


En días pasados se clausuró la exposición Monalisa de la artista Ida Applebroog (Bronx, 1929) en la galería Hauser & Wirth de Nueva York. La pieza central de este proyecto es una estructura de madera del tamaño de una habitación cubierta de más de 100 dibujos de la vulva de la artista, una especie de autorretrato intimista. Los dibujos están realizados a partir de originales en tinta china escaneados en papel translúcido hecho a mano Gampi, ampliados y manipulados digitalmente, realzados con un cromatismo rosa pálido, gris y amarillo, que cubren las fachadas de la construcción aludiendo a una piel estirada sobre un esqueleto óseo.
La instalación remite a una pequeña casa en las primeras etapas de su elaboración, sin terminar y vacía. Sus paredes exteriores e interiores son un mosaico de dibujos. No hay puerta abierta, el espectador no puede entrar, pero pueden mirar con fijeza en el interior a través de las hendiduras y las costuras de las paredes de las imágenes de la vulva. En la pared trasera interior cuelga un  gran cuadro de Applebroog titulado Monalisa. Es la figura reclinada de una ‘muñeca’ sobre un fondo de color rojo encendido, con las piernas abiertas y una mirada directa pero inescrutable en su cara. Applebroog se refiere a su instalación como "la casa de Monalisa", quizás evocando A Room of One's propios (1929) de Virginia Woolf o Etant donnes (1969), Marcel Duchamp.
Coincidencialmente, estos dibujos originales fueron realizados por Ida Applebroog en 1969 cuando vivía en el sur de California con su esposo y cuatro hijos. Ocupada como madre y como artista, se refugió en el único lugar que le garantizaba  soledad: la bañera, un santuario "pequeño", donde se remojaba durante dos o tres horas todas las noches. A lo largo de varias semanas Applebroog dibujó su propio cuerpo desnudo utilizando un espejo. El resultado de este ritual fueron más de 160 dibujos de su vagina en tinta china y lápiz. Algunos eran muy detallados, otros fueron caprichosamente exagerados y otros eran abstracciones construidas con una sola línea elegantemente curvada. Cada dibujo es una crónica, un acto íntimo de autoexploración desarrollado por una mujer y una artista.
Hoy con sus 81 años a cuestas, Applebroog revisa las imágenes que hizo en el pasado para seguir avanzando en relación a su obra. Su carrera ha abarcado más de cuatro décadas, que comprenden desde libros de artista, pintura, video, dibujos producidos digitalmente y, ahora, instalaciones.
Con Monalisa, ha hecho un retrato de las tensiones no resueltas entre auto-revelación e interioridad, la vida pública y privada, las prioridades de la feminidad y las prerrogativas de una artista, articuladas a sus preocupaciones por los problemas de la violencia emocional, la política del espacio doméstico, y el humor negro de los gestos cotidianos.

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