martes, 5 de enero de 2010

X Bienal de La Habana. Disensión y resistencias

Por  SANTIAGO OLMO
Crítico y curador independiente. 



El tema central de la Bienal, Integración y resistencia en la era global, constituye una apuesta de discusión que abre hacia una dimensión crítica, problematizando el contexto artístico internacional, y lógicamente también el cubano, en múltiples direcciones.


La Bienal de la Habana, que cumple 25 años en su décima edición, sintetiza en su historia las luces y las sombras del arte cubano como un barómetro de las relaciones entre política, cultura y sociedad en la isla.
La Habana sigue siendo un extraño lugar de encuentro internacional: situado aparentemente en la periferia, aglutina tensiones como un ¿gran centro¿ de producción, que, sin embargo, no posee los medios de distribución, mercado o difusión. Se suplen estas deficiencias desde la plataforma del encuentro internacional, ofreciendo un soporte de visibilidad para el arte que se produce en Cuba, y no sólo para el que participa en el evento oficial. La pluralidad y vitalidad de la escena cubana, a pesar de sus dificultades (ausencia de mercado local, burocratización de las exposiciones, escasos o simplemente inexistentes medios técnicos de producción, con elevados o inasumibles costes), consiguen abrirse un hueco de visibilidad, en los estudios o en espacios alternativos, durante la bienal, poniendo de relieve la energía de las nuevas generaciones de artistas formados en sus escuelas de Bellas Artes pero principalmente en el Instituto Superior de Arte de La Habana.
Hay que destacar que la dirección de esta edición ha dado un paso decidido para integrar este extenso e intenso movimiento de arte emergente, incluyendo en el programa oficial de Talleres una revisión del trabajo de los creadores participantes en la Cátedra de la conducta, auspiciada por el ISA y dirigida por Tania Bruguera, que a lo largo de una semana presentó en la Galería Habana un programa distinto y siempre estimulante. La Cátedra de la conducta es un proyecto formativo, iniciado hace seis años, que permite a egresados del ISA desarrollar un currículum abierto durante dos años a través de seminarios dirigidos por artistas y especialistas de todo el mundo. La calidad y el rigor de las propuestas presentadas permiten esbozar un mapa tentativo de la renovación generacional en la plástica cubana actual: Javier Castro, Grethell Rasúa, Hamlet Lavastida, Jeannette Chávez, Luis García, Renier Quer, Wilfredo Prieto, Celia González y Yunior Aguiar o Susana Pilar Delahante, entre otros. Junto a este panorama hay que destacar Ayuda Humanitaria de la española Núria Güell, participante en la Cátedra. La visita de estudios depara además otros nombres como Rodolfo Peraza y J. A. Vincench.
El tema central de la Bienal, Integración y resistencia en la era global, constituye una apuesta de discusión que abre hacia una dimensión crítica, problematizando el contexto artístico internacional y, lógicamente, también el cubano, en múltiples direcciones. Asumiendo que la globalización también puede ser entendida como un proceso de nuevas interrelaciones culturales y sociales que reclaman una globalización del conocimiento, de la educación, de la sanidad, de la información, de los derechos y las libertades o de la riqueza, podría ser así reivindicada y utilizada como un dispositivo de ejecución de otras utopías emancipadoras, cuestionando su reducción al economicismo financiero. El punto de partida podría haber propiciado obras más polémicas, pero si en muchos casos desde las piezas no se planteaba un engarce dialógico claro con el tema, en otras se realizaba una lectura demasiado obvia o simplista subrayando la idea de globalización como pensamiento único del capitalismo y desactivando sus intenciones en la consigna o en la pancarta. La cuestión importante que planteaba el enunciado de la bienal era pensar desde lo difícil.
Por eso destacan aquellas obras que no resultan evidentes al momento, como la de Regina Galindo: su autorretrato en un busto realizado en mármol y que desde un perturbador kitsch de tono necrológico cuestiona los modelos celebrativos de la memoria.
Quizás una de las intervenciones más rigurosas fue Aula, de Luis Camnitzer, en el Wifredo Lam. Se trata de una adaptación de una obra de 2005 que subraya las condiciones de detención de inmigrantes ilegales a EE.UU. así como los motivos de desigualdad global que los impulsan, a veces a una muerte segura. Mientras propone el Manifiesto de La Habana de 11 puntos que reclama una idea de globalización entendida como redistribución del poder y de la riqueza, en las pizarras del aula escribe alternativamente un poema recitado desde el poder y la respuesta de los desposeidos: vos tenés la guita y yo trabajo/ vos comés y yo miro/ vos te divertís y yo espero/ vos tenés las balas y yo muero/ vos explicás y yo no entiendo tu dogma. Una reinterpretación laberíntica del Monopoly y el contenido de varias cartas de la emigración completan una instalación precisa y austera.
Oro seco, del cubano Ricardo Elías, se desarrolla como una serie de retratos de trabajadores de las centrales azucareras que fueron cerrando en Cuba a partir de 2002, y despliega un homenaje al mundo del trabajo de la industria azucarera y a su dureza.
Erika Meza y Javier López (Paraguay) abordan las contradicciones de los sistemas internacionales de ayuda como un negocio de la pobreza, en El peso de la memoria, una serie de fotografías en las que una mujer Maka porta un collar realizado con seis pendrives que contienen en 12 Gb programas de desarrollo impulsados por Naciones Unidas en América Latina, junto al video-performance Haciendo mercado, donde un chamán guaraní explica una lección de marketing, apropiándose del espíritu de un conocido experto norteamericano.
Más sutil y escenográfica para abordar la idea de mercado global es la pieza de Fernando Uhía, Masa crítica: iluminados por una lámpara de sobremesa, reproductores de CD emiten al unísono el sonido de bandas sonoras de películas de Hollywood dobladas en México. Mientras los aparatos han sido fabricados en China con mano de obra sobreexplotada, la banda sonora cacofónica emite el falso sonido de un doblaje que aparece como una caricatura de la caricatura.
Otras obras muy destacables son la de Milena Bonilla (Colombia) sobre una reinterpretación del El Capital de Marx, rescrito con la mano izquierda en libros y en grandes telas colgadas del techo: Lo siniestro escrito con destreza; las portadas de revistas dibujadas de Fernando Bryce (Perú) u Open Mind de Yoan Capote (Cuba), que presenta la maqueta de un parque laberíntico en forma de cerebro humano.
Por su parte, Cristina Lucas, considerando la crisis económica como un factor de activación, aborda las fórmulas del mercado laboral que ofrece el ejército español a inmigrantes y, específicamente, a mujeres, a través de un incisivo video que cruza imágenes promocionales de las Fuerzas Armadas con conversaciones telefónicas en las que se solicita información y requisitos para alistarse profesionalmente.
Otra obra muy notable es el video de Adrian Paci, albanés que vive y trabaja en Italia, Centro di permanenza temporanea, en el que un grupo de inmigrantes sube la escalerilla de un avión varado en medio de las pistas de un aeropuerto, y permanecen a la espera de que un aparato se detenga frente a la escalerilla, mientras no dejan de aterrizar y despegar aviones.
La sutil instalación sonora de carácter conceptual de la artista cubana Glenda León, Mundo interpretado, aborda las principales religiones del planeta, desde el nombre que éstas dan a Dios o a sus profetas en su trascripción a braille. Los puntos que forman las palabras del sistema de escritura para ciegos permiten establecer para cada nombre de Dios una melodía que activan pequeños carillones situados en una especie de ábside compartimentado en capillas. La música que cada carillón produce se entremezcla con las otras generando una extraña sensación coral ecuménica en la que el elemento religioso es un pretexto para hablar de la pertenencia al mismo mundo.
En la propuesta conjunta de José Ángel Toirac, Meira Marrero y Loring Mc Alping, titulada In God We Trust / America¿s Most Wanted en la Galería La Casona, también aparecen los nombres de Dios en hebreo, árabe y latín, cada uno en su escritura y en neones. La pieza resume el legado de la era Bush y sus consecuencias globales. Los nombres de Dios rodean una inmensa pila circular de petróleo, como un emblema de adoraciones desviadas. La instalación subraya las conexiones entre el dinero (un gigantesco billete de dólar abre la instalación) como agente movilizador de la guerra, el petróleo como elemento de activador de la codicia, Dios como justificación de la violencia y el terror como mecanismo de sometimiento de las sociedades y anulación de su espíritu crítico. En otra sala, separadas por un campo de arena, se enfrentan las fotos de los terroristas más buscados y la imagen de un grupo de soldados británicos destacados en Irak, desnudos y de espaldas mientras esperan al aire libre del desierto el agua de la ducha, como una contradicción de la representación mediática de las noticias.
No se trata de una obra panfletaria: los resultados presentan un complejo escenario de referencias formales y conceptuales. Hay referencias explícitas a la obra de Andy Warhol, a través de la pintura de camuflaje en tonos naranja que remiten a los trajes de los prisioneros de Guantánamo. Por otro lado, la propia escenografía plantea una situación mundial de travesía del desierto, donde nada es lo que parece. Si algo puede reprocharse a esta pieza es quizás la acumulación de referencias y la necesidad de un espacio mayor en el que se pueda dar un desarrollo más pausado y menos acumulado de los temas.
Desde la organización de la bienal se desarrolla un gran esfuerzo para construir una imagen de normalidad en un contexto difícil donde apenas nada parece funcionar con lógica. La condición de pertenencia al Tercer Mundo aparece recurrente como consigna y como coartada, para sortear dinámicas de evolución, sin permitir que nada se salga de un impreciso guión que nada tiene que ver con lo artístico. Y el problema es que el concepto bienal intenta reinterpretar la realidad desde la perspectiva crítica del arte, que a veces incide en lo político; en otras ocasines, en lo social, y en otras, en las propias dinámicas de las prácticas. Esta bienal supone, sin duda, frente a ediciones anteriores, un avance hacia una mirada más abierta a los riesgos del debate, pero también se ha visto confrontada a intentos de manipulación de las propias propuestas artísticas.
Uno de los momentos más polémicos de la Bienal fue el performance de Tania Bruguera en el Centro Wifredo Lam, que había sido invitada por Guillermo Gómez-Peña a compartir su espacio oficial, en una especie de diálogo a dúo. Cada uno ocupaba uno de los patios de la casona del Lam y la idea era que las acciones comenzaran simultáneamente, pero se retrasó la sincronía. Mientras tanto, e incomprensiblemente, en el mismo momento y en otro espacio de la ciudad tenía lugar un performance de Mendive, que mostró su capacidad para transformar el espacio público desde la óptica de la pintura con una sutil carga política.
El performance de Tania Bruguera, que se inscribe en la serie de trabajos de El susurro de Tatlin, reconstruye la escenografía de un discurso cuya referencia es la primera intervención pública de Fidel en La Habana tras el triunfo de la Revolución, en la que una paloma blanca se le posó en el hombro durante unos instantes. Las imágenes dieron la vuelta al mundo y se convirtieron en un emblema de la revolución triunfante. Todo aquel que deseara libremente expresar sus ideas tenía acceso al estrado y al micrófono durante un minuto, y mientras dos personajes vestidos de verde oliva colocaban al orador improvisado una paloma blanca.
A pesar del deficiente funcionamiento del sonido, constituyó un inusual ejercicio de libre expresión en el que fueron tomando la palabra asistentes cubanos y también numerosos extranjeros. Las reacciones inundaron la red ya al día siguiente, destacando la intervención de Yoani Sánchez, bloguera estigmatizada por el gobierno cubano por su actividad independiente y por haber sido galardonada con el premio Ortega y Gasset de periodismo digital en 2008, fallado por un jurado independiente y auspiciado por el diario El País, un diario que desempeñó un papel determinante en la transición democrática española y es voz de su izquierda política. En su intervención reivindicó una libertad de acceso a la red para la isla que efectivamente no existe. Se difundieron videos parciales de el performance en youtube y los blogs se encendieron en una polémica que en algunos casos, por lo general muy desinformados de cómo se desarrolló el evento y de su carácter, adoptó tonos extremadamente violentos, desprovistos de argumentos y cargados de insultos, tanto en el ataque como en la defensa de la situación política cubana. Más allá del eco mediático, son muchas cosas las que ha puesto de relieve este performance: la inscripción del arte en su contexto asumiendo que éste funciona como un dispositivo de problematización para pensar críticamente en la construcción de modelos alternativos a la realidad existente (objetivos utópicos y visionarios), el compromiso del arte con el pensamiento de la resistencia, la disidencia y la crítica, el impacto sobre la realidad de los gestos y las palabras, la importancia de escuchar al otro y respetar el ejercicio autónomo de la libertad, la necesidad de respetar todas las voces y la obligación de discutir y argumentar los debates que siempre nos enriquecen, la necesidad de disentir con el otro y respetarlo, reconducir los discursos al debate libre. Tania Bruguera aplica en su obra una idea de arte como exploración de los modelos de conducta, que ha sostenido su trabajo formativo en su Cátedra de la conducta. Es evidente que pertenecen al performance tanto su desarrollo como los comentarios que circularon en La Habana los días posteriores, su eco mediático, las reacciones de los blogs, la violencia de sus discursos, las noticias publicadas y, naturalmente, la carta emitida por el Comité Organizador de la Bienal. Una mirada atenta a todas estas repercusiones muestra cómo el arte es capaz de denunciar todas las contradicciones en todos los sistemas a la vez. Así lo mostró también el trabajo de Guillermo Gómez-Peña, con su imaginería barroca y postcolonial.
La Bienal de La Habana ha asumido con el tiempo un papel contradictorio en la escena artística internacional. Por un lado ha sido un modelo curatorial en la escalada globalizante de la estructura bienal y, a la vez, representa una estructura excesivamente juzgada por el estamento político, lo que devuelve la imagen de una imaginación vigilada que concluye en lo contrario de sus objetivos. Sin embargo, en esta X edición de la bienal se han superado muchas restricciones arbitrarias del pasado, y se ha optado por una integración constructiva. Sin embargo, como muestra el comunicado de la bienal, quizás desde otras instancias del poder político no se ha entendido que la disidencia no significa sin más contrarrevolución y tampoco parece claro que ésta pueda enriquecer un necesario debate interno que dé voz a un recambio generacional cuyas demandas son diferentes a las que propiciaron su triunfo hace 50 años.
Integración es también una clave esencial de esta bienal, cuando en el Museo de Bellas Artes se presenta una exposición que conecta la obra de Wifredo Lam, Raúl Martínez y José Bedia, como una manera de entender la plástica cubana en un sentido amplio y complejo, a través de sus temas, obviando la vieja dicotomía entre cubanos del interior y del exilio/exterior.
Otra muestra de los procesos de ¿integración¿ es la exposición Género (trans)género y los (des) generados, un tema que durante mucho tiempo ha sido considerado al menos conflictivo dentro del panorama plástico cubano, comisariada por Andrés Abreu, en la que destacan, entre otras, las obras de los cubanos Eduardo Hernández, Carlos José García y Nadal Antelmo Vizcaíno.
Desde un punto de vista museográfico, la calidad de los proyectos expositivos individuales y colectivos que se presentan en los diversos espacios en la ciudad contrasta con un cierto desorden expositivo en La Cabaña, donde se echa en falta una articulación expositiva más clara, así como una información general y para cada obra en la pared, para permitir una correcta lectura de las piezas expuestas. Ocurre algo parecido en el catálogo, cuando, a excepción de los proyectos colectivos y las exposiciones individuales de artistas invitados especiales, apenas se incluyen textos que den cuenta del sentido de las piezas, y el resultado concluye en una especie de listado fotográfico-telefónico de curricula de artistas. Pero es una notable novedad la publicación de un catálogo popular de mayor distribución local, y es de agradecer, en cambio el esfuerzo por publicar un libro que recoge las ponencias del evento teórico, que ha deparado momentos muy brillantes a una discusión teórica cada vez más necesaria y central. Éste es uno de los aspectos más notables de la Bienal de La Habana: la integración de lo teórico como un elemento central del evento artístico.
La bienal tiene, por lo demás, un efecto multiplicador en el panorama expositivo.
Lázaro Saavedra presenta en la Galería Servando un proyecto sobre el patrocinio en el arte, donde el coctel de inauguración forma parte de la obra pictórica: logotipos de marcas comerciales potencialmente patrocinadoras.
Carlos Garaicoa, en el Museo de Bellas Artes, realiza un recorrido por una Habana interpretada desde su condición de ruina y desde su memoria, estableciendo pautas de lectura crítica que se insertan en el esquema de resistencia e integración propuesto por la bienal.
Un capítulo aparte merece el trabajo serio y riguroso de Aglutinador. Este espacio independiente, dirigido por Sandra Ceballos, fue sometido hace sólo unos meses a una campaña de descrédito y hostigamiento por parte de instituciones oficiales cubanas, denunciando la asistencia a una inauguración de personas vinculadas con servicios de inteligencia norteamericanos. Ante la falsedad de estas acusaciones, recibió un amplio apoyo internacional de personalidades y artistas alejados de cualquier manipulación política. La exposición titulada Perra Subasta es una crítica a las tergiversaciones del mercado del arte y propone una visión alternativa, en la que participan, entre otros, Ernesto Leal, Ángel Delgado, Ezequiel Suárez, Luis Gómez, Giselle Victoria, Iván Capote, y la propia Sandra Ceballos, que completan un mapa de resistencias.

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